EL ESPÍRITU SANTO ES NUESTRA FUERZA
Creer en el Espíritu Santo significa que el lugar privilegiado para conocerlo es la Iglesia como ‘’comunión viviente en la fe de los apóstoles’’ (según lo afirma el n. 688 del Catecismo), que no se da la visión del Hijo sin el Espíritu y que solamente podemos entender al Espíritu por Jesucristo, el Hijo de Dios. Significa, también, reconocer al Dios resucitado con un nombre nuevo, profesado por la Iglesia en el Bautismo (Mt 28,19) y reservado para ser reconocido en el día de Pentecostés como la plena revelación del don de Dios a los hombres. Así, creemos que «la Iglesia, comunión viviente en la fe de los Apóstoles que ella transmite, es el lugar de nuestro conocimiento del Espíritu Santo: en las Escrituras, que Él ha inspirado; en la Tradición de la cual los Padres de la Iglesia son testigos siempre actuales; en el Magisterio de la Iglesia que Él asiste; en la liturgia sacramental, a través de sus palabras y sus símbolos, en donde el Espíritu Santo nos pone en comunión con Cristo; en la oración, en la cual Él intercede por nosotros; en los carismas y ministerios mediante los que se edifica la Iglesia; en los signos de vida apostólica y misionera; en el testimonio de los santos, donde Él manifiesta su santidad y continúa la obra de la salvación» (CIC, 688). Creer en el Espíritu Santo significa sentir su presencia viva, aceptar la misión de ir a nuestros hermanos y proclamarles que Dios está vivo. El Espíritu Santo es la fuerza que nos hará capaces de vivir la Resurrección de Jesús (Ef 3,16; Fil, 4,13; 2 Tim 1,7-14). Es la presencia del Señor que continúa y completa la experiencia de Jesús en la vida ordinaria a la que nos enfrentamos, con sus luces y sombras, en consolación y desolación. El Espíritu Santo se encarga de traer a nuestra memoria todo lo que el Señor Resucitado nos inspira en la búsqueda de su voluntad, de poner al día todo lo que nos ha dicho en la oración y el discernimiento (Jn 14,25-26). El Espíritu es quien nos conducirá a la plenitud de la verdad y nos habilita para estar en condiciones de reconocerla entre las dificultades de la vida diaria (Jn 16,12-15). Creer en el Espíritu Santo nos renueva y nos ayuda para esperar el cumplimiento de las promesas de Dios; permite que creamos en la posibilidad de un mundo más humano y más justo, donde encontremos más amor, perdón y misericordia y menos odio y rencor (Ez 36, 24-28). El Espíritu Santo nos da la fuerza para creer que Él es quien Jesús prometió como agua viva que sacia todo tipo de sed, que sana de toda duda, desolación y tristeza porque Él es el prometido por el Hijo, el enviado del Padre (Jn 7, 37-39). Él es quien le fue comunicado en la hora de Jesús (Jn 19, 31-37). Creer en Él nos da la fuerza de esperar que vendrá si lo pedimos con fe (Lc 11,13; Hech. 1,14; 2,1ss); que es el enviado por el Padre en nombre de Jesús (Jn 14,16.26; 1 Jn 2,20-27. Es el Paráclito que viene siempre en nuestra ayuda (Jn 15,26-27). Él es el Señor que acude a nosotros, especialmente en las dificultades del mundo moderno, por lo que creer en el Espíritu Santo hoy nos da la fuerza ante la tentación de mirar atrás, ante la duda o el desaliento, ante el miedo que nos provoca hablar de la verdad de Dios. El Espíritu Santo es nuestra fuerza y nos ayuda a profundizar nuestra fe ya que nos permite comprender y profundizar el mensaje de Jesús y nos fortifica para ser testigos de la verdad (1 Cor 2, 14-16). Permite que aprendamos a desenmascarar los criterios del mundo y a tener valor para hablar solamente el lenguaje de Dios, el único Absoluto (Jn 16,7-11), especialmente cuando nos sentimos inseguros, asustados o cobardes ante la constatación de la magnitud de la misión y nuestra debilidad (Mt 10,19-20). Creer en el Espíritu Santo significa aceptar la posibilidad de vivir en paz, con alegría, en la bondad, la tolerancia, la sencillez, la lealtad, el dominio de nosotros mismos, la generosidad, la amistad, el amor verdadero..., siempre al estilo de Jesús. Creer en el Espíritu Santo quiere decir aceptar la posibilidad de creer en la vida y ser testigo de Jesús, Camino, Verdad y Vida. El Espíritu de Dios nos permitirá demostrar con nuestras actitudes y los hechos que efectivamente creemos que Dios ha resucitado y vivimos según sus enseñanzas. Creer en el Espíritu del Dios implica la posibilidad que el mundo nos vea felices y alegres y que, en su pueblo, en su Iglesia existe el amor y lo demostramos en nuestro modo de actuar y vivir todos los días (Fil 4, 4-7; Hech. 4,32-37; Jn 13,35; 17, 20-23).
P. Jaime Emilio González Magaña, S. I.