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LA PELOTA VUELVE A CASA MIENTRAS EL PAÍS SE DESANGRA

P. Jaime Emilio González Magaña, S. I. | 3 de julio de 2026

LA PELOTA VUELVE A CASA MIENTRAS EL PAÍS SE DESANGRA

Aun cuando no soy aficionado al fútbol y reconozco mi total ignorancia en el tema, debo reconocer que hay algo profundamente hermoso en ese deporte. Tiene la capacidad de detener el tiempo. Durante noventa minutos, todo el país parece respirar al mismo ritmo. El albañil, el empresario, el estudiante, el ama de casa, el profesionista, e incluso, quienes se consideran de ideas de izquierda o de derecha, encuentran un punto de coincidencia que pocas expresiones culturales consiguen. Un gol nos hace abrazar a desconocidos; una derrota nos deja un silencio compartido. Esa es la magia del deporte. Pero toda pasión tiene un riesgo cuando se convierte en obsesión. México no puede darse el lujo de confundir el entretenimiento con la realidad. Mientras millones de personas esperan el silbatazo inicial, hay madres buscadoras que llevan años esperando una llamada que nunca llega; sufren por no ser recibidas por la presidenta de la república sin que ella parezca tener la mínima sensibilidad para escuchar su dolor. Pero sí recibe a un estúpido grupo coreano o a un pato que le ayuda a aletargar conciencias. Mientras discutimos el desempeño de la Selección Nacional, miles de mexicanos hacen fila en hospitales donde faltan medicamentos, médicos especialistas o equipos. Mientras analizamos si el árbitro marcó correctamente un penal, comunidades enteras viven bajo el dominio de la violencia, la extorsión y el miedo. Ninguna de esas tragedias entra en tiempo de compensación. Y, sin embargo, nosotros sí solemos ponerlas en pausa. No es culpa del fútbol. Sería injusto responsabilizar al deporte más popular del planeta de nuestros problemas nacionales. El balón no roba dinero público, no defiende narcos gobernantes, no desaparece personas, no genera corrupción ni administra gobiernos corruptos. Lo que sí hace es capturar nuestra atención. Y la atención, en una democracia, es uno de los bienes más valiosos. Quien controla la conversación pública gana tiempo. Y el tiempo, en política, suele convertirse en poder. No hace falta imaginar conspiraciones ni ataques a la soberanía, basta observar la realidad. Cada vez que un gran acontecimiento deportivo monopoliza la conversación nacional, los temas verdaderamente trascendentes pierden espacio y eso, por supuesto, conviene a quienes ejercen todo tipo de poder. Los escándalos dejan de ser tendencia; las amenazas del gobierno del país del norte y su decisión de no renovar el T-MEC parecen ser olvidadas e irrelevantes. Las decisiones gubernamentales reciben menos escrutinio. Las cifras de violencia siguen creciendo, pero ya no ocupan el centro del debate. El país continúa su marcha, aunque nosotros estemos mirando la pantalla. No porque alguien nos obligue sino porque nosotros lo permitimos. Quizá el mayor desafío de nuestra democracia no sea la falta de información, sino la facilidad con la que elegimos aquello que queremos mirar. Vivimos en una época donde conocemos el porcentaje de posesión del balón, pero ignoramos cuánto ha aumentado la deuda pública; donde recordamos quién anotó el gol del triunfo, pero olvidamos el nombre de las víctimas que exigen justicia. Eso no habla mal del fútbol. Habla de nuestras prioridades. Una nación madura no renuncia a sus alegrías y los triunfos de su selección, pero tampoco sacrifica su conciencia. Puede celebrar un campeonato del mundo, sin dejar de exigir transparencia y honestidad. Puede emocionarse con una victoria, sin olvidar que la seguridad, la salud, la educación y el Estado de derecho siguen siendo los verdaderos marcadores que definirán el futuro de México. Porque los campeonatos terminan, los problemas nacionales, no. El peligro comienza cuando la emoción deportiva sustituye al compromiso ciudadano. Cuando el análisis táctico ocupa el lugar de la discusión pública. Cuando sabemos más del próximo rival que del presupuesto destinado a combatir la pobreza, fortalecer la justicia o mejorar la infraestructura. Entonces el espectáculo deja de ser un descanso y comienza a convertirse en una distracción. La historia demuestra que ningún país ha salido del atraso gracias a un triunfo deportivo. Los trofeos llenan vitrinas; las instituciones sólidas transforman naciones. Las copas producen orgullo; la educación produce desarrollo y estabilidad. Los goles provocan felicidad momentánea; la legalidad y la prosperidad construyen bienestar permanente y no solo mientras dura el campeonato. México necesita ambas cosas: motivos para celebrar y razones para tener esperanza. Pero no debe confundir una con la otra. Ser patriota no consiste únicamente en cantar el Himno Nacional antes de un partido. También significa indignarse cuando la justicia falla, participar cuando la democracia lo

exige, cuestionar al poder sin importar quién lo ejerza y recordar que el amor por un país se demuestra mucho más en la vigilancia de sus instituciones que en la pasión de una tribuna. Celebremos los goles. Abracemos las victorias, disfrutemos el fútbol y sus avances a etapas superiores. Pero cuando el árbitro marque el final del partido y el estadio quede en silencio, volvamos a mirar a México. Porque el encuentro verdaderamente decisivo no dura noventa minutos. Ese se juega todos los días. Y, hasta ahora, ese marcador sigue esperando que los ciudadanos decidamos participar y tomar en nuestras manos los destinos del país con amor y responsabilidad, mejor que si hubiéramos vencido la copa del mundo. P. Jaime Emilio González Magaña, S. I. Domingo 5 de julio de 2026.

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