LA PELIGROSA CULTURA DEL “NO PASA NADA”
¡Basta ya! Es el grito que refleja la hartura de un pueblo que ve con tristeza que estamos sumidos en la impunidad y el terror que parece ser ya habitual en México. Es frustrante darnos cuenta que es cada vez mayor la sensación de una dolorosa impotencia al ver cómo la violencia se ha enseñoreado de una tierra que antes vivía en paz y armonía. No se trata de echarnos la culpa unos a otros sino de reflexionar sobre lo que debemos hacer en un futuro. La Iglesia en su conjunto, laicos, operadores pastorales y sacerdotes, deberíamos hacer un examen de conciencia para revisar nuestra responsabilidad ante la violencia y clima de terror en que vivimos. Debemos reconocer un pecado de omisión por el miedo que da denunciar una “situación infernal” que se vuelve cada vez más normal. Aun cuando sabemos que una de las causas de lo que vivimos es el olvido de los valores cristianos más elementales, nos da vergüenza hablar de ello, no nos atrevemos a denunciar lo que vemos o, peor aún, caemos en lo que deberíamos denunciar.
Es fácil constatar que nos hemos vuelto “mangas anchas” y estamos perdiendo el sentido de pecado. En nuestros días ya nadie habla del infierno, pero qué otra cosa es la realidad de nuestro país sino el desamor, la falta de misericordia y perdón, la soledad y la desesperanza, la sensación de quedar atrapado o ser asesinado en un bloqueo. Vidas vacías de sentido y contaminadas de mentira, brutal manipulación, erotización y vulgarización de un falso amor que absolutiza la genitalidad, el egoísmo y el placer. Familias que parecen haber olvidado el valor del sacrificio, la fidelidad y el respeto a los más elementales valores que, años atrás eran elementos fundantes de la vida doméstica. Todavía estamos a tiempo de reflexionar sobre la situación de pecado que estamos viviendo. De sentir internamente que “el salario del pecado es la muerte; pero el don gratuito de Dios es la vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rom 6,23).
México no puede resignarse a vivir bajo la sombra de la corrupción y la impunidad. Cuando un delito queda sin castigo, cuando el abuso de poder se convierte en privilegio, cuando los recursos públicos son utilizados para intereses particulares y cuando el silencio se compra con miedo o conveniencia, no solamente se viola la ley: se hiere profundamente la dignidad de la nación. Por eso, hoy más que nunca, necesitamos recuperar el valor de decir la verdad, denunciar lo que está mal y exigir justicia. La corrupción no debe ser vista como algo inevitable ni la impunidad como una costumbre frente a la cual nada podemos hacer.
Cada ciudadano tiene una responsabilidad en la construcción del México que queremos dejar a las nuevas generaciones. Denunciar no significa buscar venganza; significa defender la verdad y proteger el bien común. Luchar contra la corrupción no significa estar contra una persona o un partido; significa estar a favor de México.
Necesitamos instituciones fuertes, autoridades honestas y ciudadanos que no tengan miedo de exigir cuentas a quienes han recibido la responsabilidad de servir. Pero esta lucha comienza también en nuestra propia vida: rechazando la mentira, el soborno, el abuso, el tráfico de influencias y esa peligrosa cultura del “no pasa nada”. Sí pasa. Y pasa mucho. Cada acto de corrupción destruye un poco la confianza, profundiza la desigualdad y roba oportunidades a quienes menos tienen. Que nadie nos convenza de que la honestidad es ingenuidad. Que nadie nos haga creer que denunciar es inútil. México necesita ciudadanos valientes, responsables y solidarios que, unidos y por caminos pacíficos y democráticos, levanten la voz. No nos acostumbremos a la injusticia. No negociemos con la verdad. No seamos cómplices del silencio. México merece justicia, honestidad y dignidad y esto comienza cuando cada uno decide no mirar hacia otro lado y-como cristianos- a no tener miedo a desenmascarar el reino de la muerte y el desamor (Mt 22,1-14). A denunciar que un pueblo no puede basar su existencia en las tinieblas exteriores del miedo, la inseguridad o la violencia.
No podemos ni debemos acostumbrarnos al llanto angustiado de las víctimas; a la tristeza desesperada y radicalmente solitaria de los jóvenes ante un panorama sin presente y sin futuro. De no hacer algo, las tinieblas, el rechinar de dientes, la rabia y el encono destructivo se volverán contra nosotros mismos, contra todos y contra Dios.