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Marcos Castellanos

SAN IGNACIO DE LOYOLA, RUEGA POR NOSOTROS

Jaime Emilio González Magaña, S. J. | 31 de julio de 2026

Se encontraba ya muy enfermo por lo que, el 9 de agosto de 1555, Ignacio de Loyola nombró Vicario General de la Compañía de Jesús al P. Jerónimo Nadal y él se retiró de toda actividad de gobierno. Después de unos meses de ligera mejoría, el 30 de noviembre de 1555 se les participó a los doctores que los dolores habían vuelto y con ellos, la calentura. El 2 de julio de 1556, los jesuitas se percataron de que la enfermedad avanzaba a pasos agigantados e hicieron que Ignacio fuese trasladado a la villa de descanso que él había hecho construir para los estudiantes del Colegio Romano, vecina a las Termas de Caracalla, en una de las partes altas de Roma. El Prepósito General necesitaba silencio, aire fresco y paz para prepararse al encuentro definitivo con Dios. Consciente de su gravedad, determinó volver a su casa de Roma y el 26 ó 27 de julio entró en ella por última vez. Prefirió la presencia de sus compañeros a la tranquilidad solariega y el clima benévolo de Caracalla. Según la narración de su secretario, el P. Juan Alfonso de Polanco: “...el miércoles (día 29) me llamó y me dijo que dijese al Doctor (P. Baltasar) Torres, que tuviese también cargo dél, como de los otros enfermos, porque no se teniendo por nada su mal, acudíase más a otros que a él...” El jueves siguiente (día 30) me hace llamar, después de las 20 horas, y haciendo salir de la cámara al enfermero, me dice que sería bien que yo fuese a san Pedro y procurase hacer saber a Su Santidad (Paulo IV) cómo él estaba muy al cabo y sin esperanza, o cuasi sin esperanza de vida temporal... ¿Tanto mal se siente V. R. como esto? “Díceme: Yo estoy que no me falta sino expirar; o una causa deste sentido... (Dije) que haría el oficio y demandé si bastaría ir el viernes siguiente... Díjome: Yo holgaría más hoy que mañana, o cuanto más presto holgaría más; pero haced como os pareciere, yo me remito libremente a vos... La mañana al salir el sol, hallamos al Padre in extremis; y así yo fui con priesa a san Pedro, y el papa (Carafa) mostrando dolerse mucho dio su bendición y todo cuanto podía dar amorosamente. Y así antes de dos horas del sol, estando presente el Doctor Madrid y el Maestro Andreas de Freux (Frusius), dio el ánima a su Criador y Señor, sin dificultad ninguna”. Era el 31 de julio de 1556. Gracias al testimonio de su enfermero, el Hermano Juan Torres Canizaro, sabemos que: “Hasta la media noche le oí moverse y hablar, como solía por causa de su enfermedad. Después de media noche me parecía que descansaba, pues no me llamaba tan a menudo como solía, aunque frecuentemente invocaba al Señor en su auxilio; ¡AY, DIOS!”. Por su parte, el Padre Polanco testificó que: “Por conservar el cuerpo, pareció conveniente sacar lo interior dél y embalsamarle de alguna manera...Le hallaron el estómago y todas las tripas sin cosa alguna dentro y estrechas; de donde los peritos desta arte, seglares, inferían las grandes abstinencias del tiempo pasado. Vióse también el hígado que tenía tres piedras... nuestro Padre vivía por milagro mucho tiempo había, que con el tal hígado naturalmente no sé cómo se podía vivir...”. El Dr. Realto Colombo, autor de la autopsia, manifestó “que él extrajo... casi innumerables piedras de vario color, halladas en los pulmones, en el hígado, en la vena porta”. Treinta años había sufrido Ignacio los cálculos en sus entrañas. Treinta años de dolor callado, ocasionado por una “calculosis biliar con síntomas particulares referentes al estómago”. Ignacio de Loyola fue sepultado en la capilla de Santa María de la Strada y permaneció ahí hasta que, en 1568, San Francisco de Borja, entonces tercer General de la Compañía de Jesús, ordenó su traslado a otro lugar cercano a la sacristía mientras el Cardenal Alejandro Farnesio levantaba el espléndido monumento llamado “El Gesù”. Ignacio de Loyola fue beatificado el 3 de diciembre de 1609 y canonizado el 12 de marzo de 1622 junto

con sus grandes amigos, el jesuita San Francisco Javier y San Felipe Neri, además de Santa Teresa de Jesús y San Isidro Labrador.

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